Tankah, another Riviera Maya Real Estate Paradise

DE TULUM AL INFRAMUNDO MAYA EN LA RIVIERA MAYA

Parece difícil de creer, pero solo siete kilómetros separan la carretera federal que conduce de Playa del Carmen a Tulum Riviera Maya (en el estado mexicano de Quintana Roo), de una espesa selva que hasta hace ocho años escondía una joya de la creación: Río Secreto.

Tras 10 minutos de recorrido en camioneta por un camino destapado, generoso en vegetación, fauna y hondonadas, Manuel Alejandro Báez, guía del lugar, con una sonrisa nos da la bienvenida a la que hasta el momento clasifica como la más apasionante experiencia turística vivida. (Vea en imágenes: Río Secreto: una maravilla natural donde el artista es el agua)

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A pocos metros de allí están los casilleros donde se dejan las pertenencias (morrales, lentes, cámaras de video y fotográficas, gorras, bloqueadores solares, líquidos y mudas de ropa), pues lo único que se necesita es el vestido de baño.

Además, el costo de la entrada al lugar incluye casco con lámpara, wetsuit –traje para bucear, cuya talla es seleccionada por el ojo certero del encargado del lugar–, chaleco salvavidas y zapatos adecuados para ingresar a este destino hasta ahora inimaginable.

Con la indumentaria lista, iniciamos una corta caminata que nos conduce cerca de la entrada de la cueva. En este punto, antes de comenzar la expedición, es necesaria la autorización y protección de los espíritus para sumergirnos en el que los mayas consideran el inframundo, al que le temen, pues según sus creencias, allí habita el dios del miedo o Xibalbá (que también traduce ‘lugar del miedo y el frío’).

—Ma’alob k’iin (buenos días) –saludamos al chamán maya, un hombre de mediana estatura, piel trigueña, cara amable y muy representativo de su cultura, quien en un breve ritual intercedió y rezó por nosotros y por la suerte de nuestro viaje.

—Yuum bo’otik (gracias) –dijimos al terminar su intervención, y tras avanzar unos metros por fin estábamos en la boca oscura y profunda de la caverna que nos llevaría a las entrañas de la tierra.

Luego, las últimas recomendaciones de Manuel, las lámparas de los cascos encendidas y los primeros pasos hacia la fascinación.

Muy rápido, el verde paisaje es reemplazado por curiosas formaciones que parecen largas espadas amenazantes que brotan de las paredes, techos y superficies de la gruta, abierta al público hace cerca de cinco años.

El recorrido es lento; debe ser así, no solo por la fragilidad del entorno, el cuidado de cada paso y las condiciones del terreno, sino por el deseo que invade al visitante de no querer perderse ningún detalle de esta maravilla natural forjada por la historia gota a gota.

Y es que para que cada rincón de esta cueva, que ofrece tres recorridos distintos (Suprema, Palacios y Alegría), luzca como está hoy, debieron pasar miles de años, durante los cuales el agua de lluvia y el carbonato de calcio de la roca caliza produjeron la reacción química que les dio vida a las formaciones.

Estalactitas (nacen desde el techo), estalagmitas (formadas por la caliza que se disuelve de las gotas de agua que caen al suelo), banderas (que también crecen en los techos, pero por ondulaciones en la roca hacen que se vuelva curvada), helictitas y columnas (unión de estalactitas y estalagmitas), entre otras, integran el lugar.

Río subterráneo, Cenotes

Muy pronto, la superficie es bañada por el agua cristalina que se extiende a lo largo de casi todo el recorrido, con profundidades variables.

El piso es cubierto por los minerales que caen de sus techos y crean una fina arena, ideal para una improvisada exfoliación.

Al diáfano río llegan los desechos de los murciélagos que sirven de alimento a las escasas y pequeñas especies de peces que allí habitan.

La estricta fila india que acompaña al guía se detiene para oír sus explicaciones puntuales sobre el sitio o para posar para las fotos, las cuales toma otro miembro de la reserva y son vendidas al terminar la travesía.

Pero antes de que eso suceda llega un momento inolvidable: con el agua hasta el cuello y bajo cientos de murciélagos que se ocultan entre el techo de la caverna, Manuel Alejandro nos invita a apagar las lámparas, a flotar boca arriba y a hacer silencio. Son unos minutos que vale la pena vivir y que quedan guardados para siempre en la memoria de cada uno.

Entrar al ‘inframundo’ puede tener infinidad de connotaciones, que son inherentes a la sensibilidad individual de quien vive esta experiencia. Para muchos, caminar por debajo de la tierra y ver un universo tan disímil a su entorno ha significado el encuentro con su propio ser, con sus miedos y con nuevas sensaciones.

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Un mundo de vida

Lo que ofrece este inigualable sitio, que a muchos pone a reflexionar, es la majestuosidad de su diseño natural, la historia detrás de su mágica formación y el valor de sus aguas cristalinas como recurso vital para la flora, la fauna y los seres humanos de la región.

Por eso, con cada paso, en lugar de acostumbrarse al paisaje, el asombro crece con sus figuras milenarias y las explicaciones del guía que dan fuerza a lo que los ojos no pueden creer.

Más adelante, la ‘Gran Manzana’, una maqueta casi perfecta de Manhattan, producto del ingenio natural de las profundidades de la tierra que, gracias a un colapso de una parte del techo, formó una réplica de esa zona de Nueva York.

Y cuando una tenue luz se alcanzaba a asomar en el horizonte indicándonos la cercanía con la realidad, el guía nos avisa que llegamos a la parte riesgosa de la expedición: la salida.

Por supuesto, dentro de nuestra ignorancia, sus palabras causan gracia, pero tiene razón, pues mientras nos señala el esqueleto de un venado –que fue la cena de algún felino–, explica que así como las raíces de las plantas descienden a buscar el agua, los animales hacen lo propio. Por eso se debe tener cuidado al entrar y salir de las cuevas para evitar un encuentro con las especies salvajes que habitan en sus alrededores.

Al ver nuevamente el sol, una bebida tradicional maya y un delicioso bufé de comida típica culminan la fascinante experiencia que significa perderse por unas horas en las entrañas de la tierra, acompañados solo por el olor a humedad, a historia y a magnificencia de este lugar que Manuel Alejandro bien describe como un palacio donde el artista es el agua.

¿Cómo llegar a la reserva?
Este rincón del paraíso está localizado aproximadamente a una hora y 10 minutos de Cancún, a 10 minutos de Playa del Carmen, a 50 minutos de Cozumel y a una hora de Tulum.

Varias agencias ofrecen tours a este destino y en la misma página de Río Secreto se encuentran paquetes con transporte incluido desde Cancún y la Riviera Maya.

No obstante, llegar a la reserva natural utilizando el transporte público, taxi o automóvil es muy fácil.

Si está en la zona hotelera, las rutas 1 y 2 por 9,50 pesos por persona lo deja en la terminal de buses ADO. Allí se toma el autobús hacia Playa del Carmen (58 pesos) y desde allí es mejor buscar otro bus en la autopista porque el taxi cobra 135 pesos en promedio por un trayecto de 10 minutos. De regreso sale más económico tomar en la misma carretera principal la Ruta del Sol, transporte que va directo a Cancún y vale 34 pesos por persona.

Fuente: El Tiempo

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